Seguramente has escuchado hablar del hilo rojo del destino, aquel que se cree conecta a las almas destinadas a amarse durante sus vidas. Este hilo rojo jamás se equivoca y no se puede huir de él, pues el destino es infalible.
El mito alrededor del hilo rojo se volvió popular y ha trascendido los kilómetros y los años. Sin embargo, pocos conocen la leyenda China que dio origen a este.
Hace milenios, un joven emperador de la nación asiática se encontraba desesperado: sin importar lo más que se esforzara, no lograba hallar el amor verdadero. Decidió recurrir a una famosa bruja de la región para que utilizara sus habilidades para ayudarlo, pues era reconocida por, precisamente, ayudar a las personas a encontrar el amor de su vida.
Al llegar a su palacio, la bruja le contó que ella tenía una extraña facultad: era capaz de ver un hilo rojo atado al meñique de cada persona, podía ser larguísimo o corto, pero al final de este siempre se encontraba el amor de la persona.
Emocionado, el emperador accedió a recorrer su imperio al lado de la bruja rastreando el otro cabo del hilo en su meñique. Viajaron miles de kilómetros persiguiendo el hilo, hasta que llegaron a un pueblo sumido en la pobreza. Él estaba listo para pasar de largo, pero se sorprendió cuando ella le señaló que debían entrar.
Al entrar al pueblo, la bruja apresuró el paso porque al fin veía la proximidad del final del hilo. El emperador la seguía con un debate interno entre el desconcierto y la emoción. No obstante, el combate lo ganó el desconcierto al ver que la bruja le señaló a una humilde campesina pobre vestida con harapos que cargaba a un bebé cubierto de mugre.
Rápidamente el desconcierto dio paso a la furia, el emperador no entendía cómo había pasado meses de viaje para ser víctima de una chanza de tal magnitud. No podía ser cierto, ¡un emperador jamás podría acercarse siquiera a una mujer de origen tan pobre!
Preso de su rabia, el emperador caminó hacia la mujer y la lanzó al piso. El terrible acto provocó que el bebé cayera al suelo y se golpeara la cabeza en la frente, dejando una herida que después sería cicatriz. La bruja reprendió su acción, a lo que él respondió ordenando que la encarcelaran en cuanto llegaran de vuelva al palacio.
Los años pasaron, se convirtieron en décadas, y el emperador desesperaba al no encontrar una mujer adecuada para formar una familia. Ya no se veía tan joven como cuando inició su búsqueda, y lo llenaba de pavor perder su capacidad de tener hijos antes de encontrar el amor.
Convocó una vez más a sus consejeros más sabios y, ante sus opiniones, decidió desposar a la joven hija de un terrateniente del imperio, la cual era conocida por su enorme bondad y belleza.
La joven fue informada de la decisión, pues tristemente no se trataba de una época donde se consultara a las mujeres al respecto, mucho menos si el futuro esposo era el emperador.
Al llegar el día de la boda, la joven se acercó al emperador cubierta con el tradicional velo. Impaciente, el emperador decidió alzarlo para poder ver su rostro. ¡Cuál fue su sorpresa al percatarse que en el hermoso rostro de expresivos ojos frente a él, tenía una marcada cicatriz en la frente! Una cicatriz que tenía su origen en aquel día que un egoísta emperador aventó a su madre al suelo y provocó que cayera, siendo aún muy pequeña.
