Cuenta la leyenda que en el inicio del tiempo el Sol y la Luna compartían el cielo, llenándolo de brillo y calor. No obstante, nuestro mundo no funciona en absolutos; el día era luz pura y la noche oscuridad total, por lo que se decidió separarlos. El Sol ardía de pasión por la Luna, por lo que lamentó amargamente la distancia. La Luna se ahogaba en nostalgia y perdió su luz sin el Sol a su lado.
El día cada vez era más cálido; bajo el reinado del Sol florecía la vida conforme el mundo prosperaba. La noche, en cambio, era escenario de pesadillas y miedo, un espacio en el que la vida acababa y esperaba. El Sol se dio cuenta pronto de la situación, ya que cada amanecer encontraba al mundo frío y desolado.
El Sol decidió que, para ayudar a la Luna, lo mejor que podía hacer era brillar con todas sus fuerzas y esperar que su luz la alcanzara, dado que no podía abandonar su puesto y dejar al mundo sumido en el caos para visitarla. Brilló y brilló, hasta que comenzó a notar que los habitantes de la Tierra ya no temían tanto el atardecer y el amanecer los encontraba activos y tranquilos: el Sol había logrado compartir su luz a su amada Luna.
Fue en ese momento que el día y la noche se convirtieron en un ciclo constante, donde el atardecer no marca un final sino un momento distinto que terminará con el amanecer. Fue en ese momento que el amor unificó la existencia del planeta; un amor de verdad donde la mejor manera de ayudar al otro es estar en nuestra mejor forma y actitud posible. El Sol y la Luna demuestra, a través de esta sencilla historia, que el verdadero amor no significa sacrificio, sino superación y crecimiento.
